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CRIANZA EN BRAZOS: UNA HISTORIA DE EDUCACIÓN CULTURAL


Por: Barbara Wishingrad (E.U.)

Trad. Victoria Rocha (México)

Mi interés en lo que he denominado “crianza en brazos” inicio antes de conocí la frase: un día, mientras estaba en la universidad, caminaba rumbo a una cabina telefónica donde alguien ha dejado un folleto sobre cargadores para llevar bebes en frente, esa fue mi primera introducción a la idea de “llevar bebés” cargándolos. El concepto fue tan importante que me llevó a ponerlo entre mis notas más importantes con el fin de desarrollarlo, a pesar de que pasarían años antes de que yo tuviera un bebé.

Después de haber estudiado algo de historia y procesos del parto, embarazo, puerperio, lactancia y cuidados del recién nacido, busqué la formación sobre educación para el nacimiento, atención del parto y terapia de masajes. En este sentido, mientras estudiaba en una escuela de masajes, alguien me proporcionó una copia de el libro “The Continuum Concept” de Jean Liedloff, el cual leí varias ocasiones antes de devolvérselo al propietario, y del cual, lamentablemente no se había podido encontrar otra copia desde hace más de nueve años (no se había impreso otra vez), siendo este material uno de los que ha influenciado mi vida de una manera profunda y duradera.

Una vez terminados mis estudios en dicha especialidad, realicé un viaje hacia el sur, pues tenía el sueño de vivir lejos de la civilización norteamericana, en un lugar donde llevar a sus hijos fuese una norma cultural; un lugar donde la gente estuviera más conectada a su comunidad y a sus raíces. Quería aprender a partir de una experiencia muy personal el contexto en el cual “llevar un bebé” en brazos es una práctica tradicional y observar, de forma continua, la crianza de los hijos bajo este método.

En todo momento, estuve lista para escapar de la rutina diaria y de la constante lucha por tener un flujo económico “solvente” tan característico del estilo de vida norteamericano. Cuando viajé a Tulúm, en Quintana Roo, México, cerca de las quietas aguas del Mar Caribe, me dediqué al duro trabajo fisico tal cual lo hacen en ese lugar, caminando largas distancias para conseguir agua y comida, lavando ropa a mano, partiendo cocos, abriéndome camino en la selva con machetes y cortando leña para encender fuego y cocinar los alimentos diarios. Para compensar la cuestión económica, me dediqué a la elaboración y venta de joyería local, que era valiosa en la cultura por ser artesanía hecha a mano.

Por un par de años, estuve fuera de contacto con el mundo que había conocido toda mi vida. Me dediqué, por un tiempo a atender partos de mujeres norteamericanas que vivían en México, aunque no he encontrado una partera o “yerbera” de quien pudiera aprender. Eso fue un cambio grande después de mis años de trabajo en la Oficina Nacional de Informes de Partos en Casa/Informes de Nacimientos y Crianza en EEUU. En este periodo, no estuve solamente escuchando las historias de mujeres sobre sus partos y aprendiendo sobre las más recientes técnicas de enseñanza para estos, sino que tuve la habilidad de abrir mis ojos y corazón hacia la instrucción de la cultura en la cual estaba inserta por elección.

La experiencia en este lugar, me permitió observar cada vez que abordaba un autobús, cualquiera que fuese el rumbo de este, que había mujeres a mi alrededor, que llevaban a sus bebés “atados” en una tela que llaman “rebozo”. Las mujeres subían, bajaban, estaban de pie, hablaban con sus vecinos, cargaban canastos en la cabeza o llevaban niños mayores de la mano mientras los bebés que llevaban cargados en los rebozos, lactaban del pecho materno, dormían, miraban a su alrededor y se movían junto con sus madres. Los bebés, donde fuesen sus madres, siempre estaban presentes siendo bienvenidos por el resto de la gente, quienes les ponían especial atención. Los bebés fueron envueltos en todo tipo de telas, con variedad de colores y estilos, literalmente, bebí de la cultura del rebozo.

Después, me reuní con un viejo amigo quien vivió la mitad de su vida en México y juntos, viajamos a Guatemala. Ahí, los colores de los rebozos, o sutés, eran más brillantes aun, y las telas más gruesas. En las mañanas frías, las cabezas de los bebés eran cubiertas con una especie de pañuelos para no exponerlos a respirar aire frio. Con el rebozo, las mujeres guatemaltecas mantienen sus brazos y manos libres, lo cual les permite mover las manos cuando hablan, mientras que sus bebés, van siempre delante de ellas en los paseos. Las mujeres usaban zapatos de plástico de tacón, cargando grandes y pesados bultos, pero siempre van riendo y los bebés siempre están ahí, colgando del pecho de sus madres, a los costados, o bien, sobre la espalda. Algunos de ellos, tenían mocos en la nariz debajo de sus ojos color marrón. Mientras las mujeres caminaban o compraban o vendían en los mercados, los bebes iban erguidos con ellas. Usaban sombreros bajo el sol ardiente y los llevaban en el interior de sus chales mientras dormían, muy raremente, estos se mostraban irritados.

Cuando viajé a San Cristobal de las Casas, en Chiapas, al sur de México, tenía siete meses de embarazo, observé a una mujer que utilizaba el rebozo, intentando aprender las diferentes formas de envolver a un bebé, hasta que logré hacerlo sola. Cada mañana, escogía vegetales frescos y coloridos traídos de las montañas y que eran vendidos en el mercado, mostrados sobre blancas telas, las mamás y los bebés estaban ahí moviéndose como uno solo. Si los bebés estaban cansados, dormían siendo llevados entre los vendedores, si tenían hambre, eran alimentados dentro de los suaves y fuertes chales. Al ser testigo de esto, tenía cada vez más ganas de unirme a las filas de las mujeres de los rebozos.

Mi hijo Iván nació en San Cristóbal de las Casas en 1985, en Chiapas, México, y Gabriel, nació en 1987, en la Alta Planicie Desértica de San Miguel de Allende, Guanajuato. Los llevé a ambos en rebozos durante largos periodos de tiempo, amamantándolos en estos y disfrutando el constante contacto con ellos mientras tanto tenia mis manos libres. En 1988, comencé a tomar fotografías de madres y bebes con sus rebozos, y al mismo tiempo, desarrollé un folleto en el cual mostraba cómo cargar a los bebés en los rebozos; presenté ambos trabajos en una convención anual de atención al parto en Estados Unidos.

En 1989, regresé a los Estados Unidos y permanecí ahí durante 6 meses. Ese año, la Revista de Maternidad (Mothering Magazine) publicó artículos sobre “llevar bebés” del Dr. William Sears y de Jean Liedloff. También, “The Continuum Concept” de Jean Liedloff regresó a las librerías. Al mismo tiempo, hubo un surgimiento de propaganda para porta bebés tipo rebozo, no solamente para los portabebés rígidos que potencian la posición vertical. Esto coincidía con mi trabajo en el folleto instruccional sobre el uso del rebozo.

Las personas empezaban a comprarlos, trataban y llevaban a sus bebés de distintas formas, y, llevaban a sus bebés a restaurantes, al cine y de vez en cuando ¡al trabajo! Mientras experimentaba la “crianza en brazos”, en una cultura tradicional en una forma tradicional, se había producido un cambio en mi propia cultura, permitiendo una experiencia similar en un lugar que todavía consideraba mi hogar. ¡Fue emocionante! Solo que como todos los descubrimientos científicos que ocurren simultáneamente en diferentes partes del mundo, ahora, los padres que experimentaban de la “crianza en brazos” disfrutaban de su propio hallazgo. Los padres no somos los únicos afortunados, de hecho, nuestros hijos lo son especialmente, ya que tienen la oportunidad de llegar a esta experiencia milenaria desde el nacimiento. Este estilo de crianza de los hijos es la forma en la que muchas culturas han sido exitosas durante años, y llega a distintos lugares del mundo mostrando los conceptos necesarios, relevantes y llegó para quedarse. Así que, usémoslo, promovámoslo y enseñémoslo, y de esta forma, podremos ser parte de un mejor futuro para nosotros y nuestros hijos.

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